(No olviden mirar las fotos de la segunda página del posteo)
Es parte de la tradición. La lluvia es uno de los invitados fijos al Encuentro de Caldillos y Cazuelas de Curicó. Y el año pasado lo inesperado del arribo de aquel visitante hizo que Chefs del Maule, grupo organizador del evento, tomara todas las precauciones del caso para esta versión 2013, instalando una gran carpa plástica transparente, que supo cobijar del agua que cayó el fin de semana pasado (17 al 19 de mayo). Aquella fue la gran novedad escenográfica de una fiesta con sabores bien cargados, pacientes en su elaboración, pero sobre todo diversos. Fueron una veintena de exponentes venidos desde todo Chile, a los que sumaron un par de infiltrados desde Uruguay y Brasil, que reforzaron el carácter latinoamericano –y mundial, por qué no- de lo que pueda caer en una olla, cocinarse y comerse con cuchara.
Cazuelas de cabrito con papas nativas, Caldo de curanto en olla, una cremosa e intensa Carraca –especie de crema-chupe con base a leche de cabra-, la Cazuela de avutarda o el Cocimiento del Matadero Franklin, fueron algunos de los platos probados por los miles de personas que se pasearon, pocillo de greda en mano, por la plaza curicana. Esa lista de opciones sirvió para reafirmar una poco conocida perogrullada: la cocina chilena es tan diversa como su larga y fragmentada geografía física. En ese sentido no fue menor lo agradable del nuevo emplazamiento. Permitió generar espacios más cómodos para los cocineros, quienes aparte de preparar platos, pudieron aprovechar la ocasión como una instancia de diálogo entre profesionales con puntos de vista comunes, pero siempre algo distantes debido a la naturaleza de su trabajo. Si se suman una serie de eventos paralelos –seminarios sobre crítica gastronómica en regiones y un concurso de sopas entre restaurantes curicanos-, lo que queda una entusiasta fiesta de identidad extendida por tres días… y fuera de Santiago. Nada mal.
Luego de ocho años funcionando, la obra gruesa está. Vale decir, el espíritu colaborativo propio del “deportista amateur” que hace todo por el mero entusiasmo y sin pedir nada a cambio. También está el espacio físico, el reconocimiento de la comunidad que ya tiene agendado el evento en su calendario mental de otoño; la voluntad de la autoridad municipal y de auspiciadores privados para proyectar el evento en el tiempo y por supuesto, la experiencia de los cocineros maulinos en la ejecución final. Podría parecer que estamos ante un encuentro consolidado, pero no. Aún faltan ajustes para conseguir esos ansiados pantalones largos, que ayuden a convertir esa iniciativa en un hito gastronómico-cultural de nivel nacional o más allá, a la altura de citas tan perennes como el Festival Folclórico de San Bernardo, las fiestas costumbristas australes o el mismísimo Olmué, por nombrar algunos. Desde la perspectiva del visitante crítico, que conoció la trastienda del espectáculo, hicieron ruido los desajustes en los horarios de charlas y muestras culinarias confunden a quienes llegan a “esa” cita, sobre todo quienes vienen desde fuera de la ciudad –que no son pocos-. También –como me indicó un cocinero visitante- se echó de menos mejor calidad de información por parte de quienes estaban en los puestos. No los autores de los platos, claro, pero sí de esos esforzados ayudantes captados de liceos técnicos locales, a los que clases previas (y repaso) mucho antes del encuentro, les daría mayor soltura para dar a conocer la esencia de cada plato… y de paso les refuerza su currículo escolar. Tampoco ayuda la improvisación respecto a cómo elegir el mejor caldo de la ciudad y otros temas que dan cuenta de una necesaria mayor planificación, por sobre el entusiasmo del momento.















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